sábado, 27 de septiembre de 2014

"Marionetas S. A.", Ray Bradbury


Caminaban lentamente por la calle, a eso de las diez de la noche, hablando con tranquilidad. No tenían más de treinta y cinco años. Estaban muy serios. 

—Pero ¿por qué tan temprano? —dijo Smith.

—Porque sí —dijo Braling.

—Tu primera salida en todos estos años y te vuelves a casa a las diez.

—Nervios, supongo.

—Me pregunto cómo te las habrás ingeniado. Durante diez años he tratado de sacarte a beber una copa. Y hoy, la primera noche, quieres volver en seguida.

—No tengo que abusar de mi suerte —dijo Braling.

—Pero ¿qué has hecho? ¿Le has dado un somnífero a tu mujer?

—No. Eso sería inmoral. Ya verás.

Doblaron la esquina.

—De veras, Braling, odio tener que decírtelo, pero has tenido mucha paciencia con ella. Tu matrimonio ha sido terrible.

—Yo no diría eso.

—Nadie ignora cómo consiguió casarse contigo. Allá, en 1979, cuando ibas a salir para Río.

—Querido Río. Tantos proyectos y nunca llegué a ir.

—Y cómo ella se desgarró la ropa, y se desordenó el cabello, y te amenazó con llamar a la policía si no te casabas con ella.

—Siempre fue un poco nerviosa, Smith, entiéndelo.

—Había algo más. Tú no la querías. Se lo dijiste, ¿no es así?

—En eso siempre fui muy firme.

—Pero sin embargo te casaste.

—Tenía que pensar en mi empleo, y también en mi madre, y en mi padre. Una cosa así hubiese terminado con ellos.

—Y han pasado diez años.

—Sí —dijo Braling, mirándolo serenamente con sus ojos grises—. Pero creo que todo va a cambiar. Mira.

Braling sacó un largo billete azul.

—¡Cómo! ¡Un billete para Río! ¡El cohete del jueves!

—Sí, al fin voy a hacer mi viaje.

—¡Es maravilloso! Te lo mereces de veras. Pero ¿y tu mujer, no se opondrá? ¿No te hará una escena?

Braling sonrió nerviosamente.

—No sabe que me voy. Volveré de Río de Janeiro dentro de un mes y nadie habrá notado mi ausencia, excepto tú.

Smith suspiró.

—Me gustaría ir contigo.

—Pobre Smith, tu matrimonio no ha sido precisamente un lecho de rosas, ¿eh?

—No, exactamente. Casado con una mujer que todo lo exagera. Es decir, después de diez años de matrimonio, ya no esperas que tu mujer se te siente en las rodillas dos horas todas las noches; ni que te llame al trabajo doce veces al día, ni que te hable en media lengua. Y parece como si en este último mes se hubiese puesto todavía peor. Me pregunto si no será una simple.

—Ah, Smith, siempre el mismo conservador. Bueno, llegamos a mi casa. ¿Quieres conocer mi secreto? ¿Cómo pude salir esta noche?

—Me gustaría saberlo.

—Mira allá arriba —dijo Braling.

Los dos hombres se quedaron mirando el aire oscuro. En una ventana del segundo piso apareció una sombra. Un hombre de treinta y cinco años, de sienes canosas, ojos tristes y grises y bigote minúsculo se asomó y miró hacia abajo.

—Pero, cómo, ¡eres tú! —gritó Smith.

—¡Chist! ¡No tan alto!

Braling agitó una mano. El hombre respondió con un ademán y desapareció.

—Me he vuelto loco —dijo Smith.

—Espera un momento.

Los hombres esperaron. Se abrió la puerta de calle y el alto caballero de los finos bigotes y los ojos tristes salió cortésmente a recibirlos.

—Hola, Braling —dijo.

—Hola, Braling —dijo Braling.

Eran idénticos. Smith abría los ojos.

—¿Es tu hermano gemelo? No sabía que…

—No, no —dijo Braling serenamente—. Inclínate. Pon el oído en el pecho de Braling Dos. Smith titubeó un instante y al fin se inclinó y apoyó la cabeza en las impasibles costillas. Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic.

—¡Oh, no! ¡No puede ser!

—Es.

—Déjame escuchar de nuevo. 

Tlc-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic. 

Smith dio un paso atrás y parpadeó, asombrado. Extendió una mano y tocó los brazos tibios y las mejillas del muñeco.

—¿Dónde lo conseguiste?

—¿No está bien hecho?

—Es increíble. ¿Dónde?

—Dale al señor tu tarjeta, Braling Dos.

Braling Dos movió los dedos como un prestidigitador y sacó una tarjeta blanca.

MARIONETAS, SOCIEDAD ANÓNIMA

Duplicados de sus amigos o de usted mismo. Nuevos Modelos 1990 de humanoides plásticos, desde 7600 a 15 000 dólares, modelo de lujo. Funcionamiento garantizado.

—No —dijo Smith.

—Sí —dijo Braling.

—Claro que sí —dijo Braling Dos.

—¿Desde cuándo lo tienes?

—Desde hace un mes. Lo guardo en el sótano, en el cajón de las herramientas. Mi mujer nunca baja, y solo yo tengo la llave del cajón. Esta noche dije que salía a comprar unos cigarros. Bajé al sótano, saqué a Braling Dos de su encierro, y lo mandé arriba, para que acompañara a mi mujer, mientras yo iba a verte, Smith.

—¡Maravilloso! ¡Hasta huele como tú! ¡Perfume de Bond Street y tabaco Melachrinos!

—Quizás me preocupe por minucias, pero creo que me comporto correctamente. Al fin y al cabo, mi mujer me necesita a mí. Y esta marioneta es igual a mí, hasta el último detalle. He estado en casa toda la noche. Estaré en casa con ella todo el mes próximo. Mientras tanto otro caballero paseará al fin por Río. Diez años esperando ese viaje. Y cuando yo vuelva de Río, Braling Dos volverá a su cajón. Smith reflexionó un minuto o dos.

—¿Y seguirá marchando solo durante todo ese mes? —preguntó al fin.

—Y durante seis meses, si fuese necesario. Puede hacer cualquier cosa: ;comer, dormir, transpirar cualquier cosa, y de un modo totalmente natural. Cuidarás muy bien a mi mujer, ¿no es cierto, Braling Dos?

—Su mujer es encantadora —dijo Braling Dos—. Estoy tomándole cariño. 

Smith se estremeció.

—¿Y desde cuándo funciona Marionetas, S. A.?

—Secretamente, desde hace dos años.

—Podría yo… quiero decir, sería posible… —Smith tomó a su amigo por el codo—. ¿Me dirías dónde puedo conseguir un robot, una marioneta, para mí? Me darás la dirección, ¿no es cierto?

—Aquí la tienes.

Smith tomó la tarjeta y la hizo girar entre los dedos.

—Gracias —dijo—. No sabes lo que esto significa. Un pequeño respiro. Una noche, una vez al mes… Mi mujer me quiere tanto que no me deja salir ni una hora. Yo también la quiero mucho, pero recuerda el viejo poema: "El amor volará si lo dejas; el amor volará si lo atas". Solo deseo que ella afloje un poco su abrazo.

—Tienes suerte, después de todo. Tu mujer te quiere. La mía me odia. No es tan sencillo.

—Oh, Nettie me quiere locamente. Mi tarea consistirá en que me quiera cómodamente.

—Buena suerte, Smith. No dejes de venir mientras estoy en Río. Mi mujer se extrañará si desaparecieras de pronto. Tienes que tratar a Braling Dos, aquí presente, lo mismo que a mí.

—Tienes razón. Adiós. Y gracias.

Smith se fue, sonriendo, calle abajo. Braling y Braling Dos se encaminaron hacia la casa. Ya en el ómnibus, Smith examinó la tarjeta silbando suavemente. 

Se ruega al señor cliente que guarde el secreto. Aunque ha sido presentado al Congreso un proyecto para legalizar Marionetas, S. A., la ley pena aún el uso de los robots.

—Bueno —dijo Smith.

Se le sacará al cliente un molde del cuerpo y una muestra del color de los ojos, labios, cabellos, piel, etc. El cliente deberá esperar dos meses a que su modelo esté terminado.

No es tanto, pensó Smith. De aquí a dos meses, mis costillas podrán descansar al fin de los apretujones diarios. De aquí a dos meses, mi mano se curará de esta presión incesante. De aquí a dos meses, mi aplastado labio inferior recobrará su tamaño normal. No quiero parecer ingrato, pero… Smith dio vuelta la tarjeta. 

Marionetas, S. A. funciona desde hace dos años. Se enorgullece de poseer una larga lista de satisfechos clientes. Nuestro lema es "Nada de ataduras". Dirección: 43 South Wesley.

El ómnibus se detuvo. Smith descendió, y caminó hasta su casa diciéndose a sí mismo: Nettie y yo tenemos quince mil dólares en el banco. Podría sacar unos ocho mil con la excusa de un negocio. La marioneta me devolverá el dinero, y con intereses. Nettie nunca lo sabrá.

Abrió la puerta de su casa y poco después entraba en el dormitorio. Allí estaba Nettie, pálida, gorda, y serenamente dormida.

—Querida Nettie. —Al ver en la semioscuridad ese rostro inocente, Smith se sintió aplastado, casi, por los remordimientos—. Si estuvieses despierta me asfixiarías con tus besos y me hablarías al oído. Me haces sentir, realmente, como un criminal. Has sido una esposa tan cariñosa y tan buena. A veces me cuesta creer que te hayas casado conmigo, y no con Bud Chapman, aquel que tanto te gustaba. Y en este último mes has estado todavía más enamorada que antes.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Sintió de pronto deseos de besarla, de confesarle su amor, de hacer pedazos la tarjeta, de olvidarse de todo el asunto. Pero al adelantarse hacia Nettie sintió que la mano le dolía y que las costillas se le quejaban. Se detuvo, con ojos desolados, y volvió la cabeza. Salió de la alcoba y atravesó las habitaciones oscuras. Entró canturreando en la biblioteca, abrió uno de los cajones del escritorio y sacó la libreta de cheques.

—Solo ocho mil dólares —dijo—. No más. —Se detuvo—. Un momento. 

Hojeó febrilmente la libreta.

—¡Pero cómo! —gritó—. ¡Faltan diez mil dólares! —Se incorporó de un salto—. ¡Solo quedan cinco mil!

¿Qué ha hecho Nettie? ¿Qué ha hecho con ese dinero? ¿Más sombreros, más vestidos, más perfumes? ¡Ya sé! ¡Ha comprado aquella casita a orillas del Hudson de la que ha estado hablando durante tantos meses! Se precipitó hacia el dormitorio, virtuosamente indignado. ¿Qué era eso de disponer así del dinero? Se inclinó sobre su mujer.

—¡Nettie! —gritó—. ¡Nettie, despierta!

Nettie no se movió.

—¡Qué has hecho con mi dinero! —rugió Smith.

Nettie se agitó, ligeramente. La luz de la calle brillaba en sus hermosas mejillas. A Nettie le pasaba algo. El corazón de Smith latía con violencia. Se le secó la boca. Se estremeció. Se le aflojaron las rodillas.

—¡Nettie, Nettie! —dijo—. ¿Qué has hecho con mi dinero?

Y en seguida, esa idea horrible. Y luego el terror y la soledad. Y luego el infierno, y la desilusión. Smith se inclinó hacia ella, más y más, hasta que su oreja febril descansó, firmemente, irrevocablemente, sobre el pecho redondo y rosado.

—¡Nettie! —gritó.

Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic.

Mientras Smith se alejaba por la avenida, internándose en la noche, Braling y Braling Dos se volvieron hacia la puerta de la casa.

—Me alegra que él también pueda ser feliz —dijo Braling.

—Sí —dijo Braling Dos distraídamente.

—Bueno, ha llegado la hora del cajón, Braling Dos.

—Precisamente quería hablarle de eso —dijo el otro Braling mientras entraban en la casa—. El sótano. No me gusta. No me gusta ese cajón.

—Trataré de hacerlo un poco más cómodo.

—Las marionetas están hechas para andar, no para quedarse quietas. ¿Le gustaría pasarse las horas metido en un cajón?

—Bueno…

—No le gustaría nada. Sigo funcionando. No hay modo de pararme. Estoy perfectamente vivo y tengo sentimientos.

—Esta vez solo será por unos días. Saldré para Río y entonces podrás salir del cajón. Podrás vivir arriba. Braling Dos se mostró irritado.

—Y cuando usted regrese de sus vacaciones, volveré al cajón.

—No me dijeron que iba a vérmelas con un modelo difícil.

—Nos conocen poco —dijo Braling Dos—. Somos muy nuevos. Y sensitivos. No me gusta nada imaginarlo al sol, riéndose, mientras yo me quedo aquí pasando frío.

—Pero he deseado ese viaje toda mi vida —dijo Braling serenamente.

Cerró los ojos y vio el mar y las montañas y las arenas amarillas. El ruido de las olas le acunaba la mente. El sol le acariciaba los hombros desnudos. El vino era magnífico.

—Yo nunca podré ir a Río —dijo el otro—. ¿Ha pensado en eso?

—No, yo…

—Y algo más. Su esposa.

—¿Qué pasa con ella? —preguntó Braling alejándose hacia la puerta del sótano.

—La aprecio mucho.

Braling se pasó nerviosamente la lengua por los labios.

—Me alegra que te guste.

—Parece que usted no me entiende. Creo que… estoy enamorado de ella.

Braling dio un paso adelante y se detuvo.

—¿Estás qué?

—Y he estado pensando —dijo Braling Dos— qué hermoso sería ir a Río, y yo que nunca podré ir… Y he pensado en su esposa y… creo que podríamos ser muy felices, los dos, yo y ella.

—M-m-muy bien. —Braling caminó haciéndose el distraído hacia la puerta del sótano—. Espera un momento, ¿quieres? Tengo que llamar por teléfono. 

Braling Dos frunció el ceño.

—¿A quién?

—Nada importante.

—¿A Marionetas, Sociedad Anónima? ¿Para decirles que vengan a buscarme?

—No, no… ¡Nada de eso!

Braling corrió hacia la puerta. Unas manos de hierro lo tomaron por los brazos.

—¡No se escape!

—¡Suéltame!

—No.

—¿Te aconsejó mi mujer hacer esto?

—No.

—¿Sospechó algo? ¿Habló contigo? ¿Está enterada?

Braling se puso a gritar. Una mano le tapó la boca.

—No lo sabrá nunca, ¿me entiende? No lo sabrá nunca.

Braling se debatió.

—Ella tiene que haber sospechado. ¡Tiene que haber influido en ti!

—Voy a encerrarlo en el cajón. Luego perderé la llave y compraré otro billete para Río, para su esposa.

—¡Un momento, un momento! ¡Espera! No te apresures. Hablemos con tranquilidad.

—Adiós, Braling.

Braling se endureció.

—¿Qué quieres decir con "adiós"?

Diez minutos más tarde, la señora Braling abrió los ojos. Se llevó la mano a la mejilla. Alguien la había besado. Se estremeció y alzó la vista.

—Cómo… No lo hacías desde hace años —murmuró.


—Ya arreglaremos eso —dijo alguien.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Similares, pero distintas III


Hay muchas palabras que al oído suenan similares, pero se escriben de distinta manera y sus significados son totalmente diferentes (palabras homófonas). Por ejemplo:

-Cima (cumbre de motañas), sima (cavidad grande y profunda): "Llegaron a la cima de la montaña", "Se quedó quieto, inmóvil: delante tenía la sima".

-Recavar (volver a cavar), recabar (recoger): "Tuvieron que recavar toda la zona", "Hay que recabar todo el dinero prestado".

-Combino (de combinar), convino (de convenir): "Siempre combino dos sabores de helado", "Se convino un salario alto por hacer el trabajo".

-Vaso (utensilio), baso (de basar), bazo (víscera): "Me compré un vaso de color verde", "Me baso en los informes de la empresa", "Siento dolores en el bazo".

Fuente: ¡Ay!, ahí hay un error

viernes, 5 de septiembre de 2014

"Destripe", ¿alternativa para "spoiler"?


Según la Fundéu, la palabra española destripe es una alternativa válida al anglicismo spoiler, que se usa a menudo en las informaciones sobre cine y series de televisión para referirse a la descripción de una parte sustancial de la trama cuyo conocimiento puede arruinar el interés por el resto de la narración.

El verbo destripar tiene exactamente ese significado conforme el Diccionario académico y también se usa con frecuencia en ese contexto. No se trata además de una acepción reciente, sino que apareció por primera vez en el Diccionario de 1884.

A partir de destripar, pueden formarse tanto destripamiento, recogido en el Diccionario como 'acción y efecto de destripar', como destripe, preferible por contar ya con uso en este sentido y estar bien formado, siguiendo el paradigma de otros sustantivos coloquiales como flipar-flipe, desmadrar-desmadre, etc. 

Fuente: Fundéu (Fundación del español Urgente)

lunes, 25 de agosto de 2014

"El río", Julio Cortázar


Con motivo del cumpleaños número 100 de Julio Cortázar, compartimos su cuento "El río", del libro Final del juego (1956).

Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.

Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.

Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.

viernes, 22 de agosto de 2014

¿Arcoíris o arco iris?


Ambas variantes (arcoíris, arco iris) son válidas, pero, según el Diccionario panhispánico de dudas, resulta preferible la forma simple arcoíris, ya que el primer elemento de este tipo de compuestos tiende a hacerse átono, de modo que las dos palabras se terminan pronunciando como una sola.

Se recuerda, además, que arcoíris se escribe con tilde en la í y que su plural es invariable: los arcoíris; mientras que el plural de arco iris es arcos iris.

Fuente: Fundéu (Fundación del Español Urgente)

jueves, 14 de agosto de 2014

"El corazón delator", Edgar Allan Poe


¡Es verdad! Soy nervioso, terriblemente nervioso. Siempre lo he sido y lo soy, pero, ¿podría decirse que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, no los había destruido ni apagado. Sobre todo, tenía el sentido del oído agudo. Oía todo sobre el cielo y la tierra. Oía muchas cosas del infierno. Entonces, ¿cómo voy a estar loco? Escuchen y observen con qué tranquilidad, con qué cordura puedo contarles toda la historia.

Me resulta imposible decir cómo surgió en mi cabeza esa idea por primera vez; pero, una vez concebida, me persiguió día y noche. No perseguía ningún fin. No había pasión. Yo quería mucho al viejo. Nunca me había hecho nada malo. Nunca me había insultado. No deseaba su oro. Creo que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre. Era un ojo de un color azul pálido, con una fina película delante. Cada vez que posaba ese ojo en mí, se me enfriaba la sangre; y así, muy gradualmente, fui decidiendo quitarle la vida al viejo y quitarme así de encima ese ojo para siempre.

Pues bien, así fue. Usted creerá que estoy loco. Los locos no saben nada. Pero debería haberme visto. Debería usted haber visto con qué sabiduría procedí, con qué cuidado, con qué previsión, con qué disimulo me puse a trabajar. Nunca había sido tan amable con el viejo como la semana antes de matarlo. Y cada noche, cerca de medianoche, yo hacía girar el picaporte de su puerta y la abría, con mucho cuidado. Y después, cuando la había abierto lo suficiente para pasar la cabeza, levantaba una linterna cerrada, completamente cerrada, de modo que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Cómo se habría reído usted si hubiera visto con qué astucia pasaba la cabeza! La movía muy despacio, muy lentamente, para no molestar el sueño del viejo. Me llevaba una hora meter toda la cabeza por esa abertura hasta donde podía verlo dormir sobre su cama. ¡Ja! ¿Podría un loco actuar con tanta prudencia? Y luego, cuando mi cabeza estaba bien dentro de la habitación, abría la linterna con cautela, con mucho cuidado (porque las bisagras hacían ruido), hasta que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Hice todo esto durante siete largas noches, cada noche cerca de las doce, pero siempre encontraba el ojo cerrado y era imposible hacer el trabajo, ya que no era el viejo quien me irritaba, sino su ojo. Y cada mañana, cuando amanecía, iba sin miedo a su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Por tanto verá usted que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que cada noche, a las doce, yo iba a mirarlo mientras dormía.

La octava noche, fui más cuidadoso cuando abrí la puerta. El minutero de un reloj de pulsera se mueve más rápido de lo que se movía mi mano. Nunca antes había sentido el alcance de mi fuerza, de mi sagacidad. Casi no podía contener mis sentimientos de triunfo, al pensar que estaba abriendo la puerta poco a poco, y él ni soñaba con el secreto de mis acciones e ideas. Me reí entre dientes ante esa idea. Y tal vez me oyó porque se movió en la cama, de repente, como sobresaltado. Pensará usted que retrocedí, pero no fue así. Su habitación estaba tan negra como la noche más cerrada, ya que él cerraba las persianas por miedo a que entraran ladrones; entonces, sabía que no me vería abrir la puerta y seguí empujando suavemente, suavemente.

Ya había introducido la cabeza y estaba por abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló con el cierre metálico y el viejo se incorporó en la cama, gritando:

—¿Quién anda ahí?

Me quedé quieto y no dije nada. Durante una hora entera, no moví ni un músculo y mientras tanto no oí que volviera a acostarse en la cama. Aún estaba sentado, escuchando, como había hecho yo mismo, noche tras noche, escuchando los relojes de la muerte en la pared.
Oí de pronto un quejido y supe que era el quejido del terror mortal, no era un quejido de dolor o tristeza. ¡No! Era el sonido ahogado que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Yo conocía perfectamente ese sonido. Muchas veces, justo a medianoche, cuando todo el mundo dormía, surgió de mi pecho, profundizando con su temible eco, los terrores que me enloquecían. Digo que lo conocía bien. Sabía lo que el viejo sentía y sentí lástima por él, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Sabía que él había estado despierto desde el primer débil sonido, cuando se había vuelto en la cama. Sus miedos habían crecido desde entonces. Había estado intentando imaginar que aquel ruido era inofensivo, pero no podía. Se había estado diciendo a sí mismo: "No es más que el viento en la chimenea, no es más que un ratón que camina sobre el suelo", o "No es más que un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de convencerse de estas suposiciones, pero era en vano. Todo en vano, ya que la muerte, al acercársele, se había deslizado furtiva y envolvía a su víctima. Y era la fúnebre influencia de aquella imperceptible sombra la que le movía a sentir, aunque no veía ni oía, a sentir la presencia dentro de la habitación.

Cuando hube esperado mucho tiempo, muy pacientemente, sin oír que se acostara, decidí abrir un poco, muy poco, una ranura en la linterna. Entonces la abrí —no sabe usted con qué suavidad— hasta que, por fin, su solo rayo, como el hilo de una telaraña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo del buitre.

Estaba abierto, bien abierto y me enfurecí mientras lo miraba, lo veía con total claridad, de un azul apagado, con aquella terrible película que me helaba el alma. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo, ya que había dirigido el rayo, como por instinto, exactamente al punto maldito.

¿No le he dicho que lo que usted cree locura es solo mayor agudeza de los sentidos? Luego llegó a mis oídos un suave, triste y rápido sonido como el que hace un reloj cuando está envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latido del corazón del viejo. Aumentó mi furia, como el redoblar de un tambor estimula al soldado en batalla.

Sin embargo, incluso en ese momento me contuve y seguí callado. Apenas respiraba. Mantuve la linterna inmóvil. Intenté mantener con toda firmeza la luz sobre el ojo. Mientras tanto, el infernal latido del corazón iba en aumento. Crecía cada vez más rápido y más fuerte a cada instante. El terror del viejo debe haber sido espantoso. Era cada vez más fuerte, más fuerte... ¿Me entiende? Le he dicho que soy nervioso y así es. Pues bien, en la hora muerta de la noche, entre el atroz silencio de la antigua casa, un ruido tan extraño me excitaba con un terror incontrolable. Sin embargo, por unos minutos más me contuve y me quedé quieto. Pero el latido era cada vez más fuerte, más fuerte. Creí que aquel corazón iba a explotar. Y se apoderó de mí una nueva ansiedad: ¡Los vecinos podrían escuchar el latido del corazón! ¡Al viejo le había llegado la hora! Con un fuerte grito, abrí la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez, solo una vez. En un momento, lo tiré al suelo y arrojé la pesada cama sobre él. Después sonreí alegremente al ver que el hecho estaba consumado. Pero, durante muchos minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Sin embargo, no me preocupaba, porque el latido no podría oírse a través de la pared. Finalmente, cesó. El viejo estaba muerto. Quité la cama y examiné el cuerpo. Sí, estaba duro, duro como una piedra. Pasé mi mano sobre el corazón y allí la dejé durante unos minutos. No había pulsaciones. Estaba muerto. Su ojo ya no me preocuparía más.

Si aún me cree usted loco, no pensará lo mismo cuando describa las sabias precauciones que tomé para esconder el cadáver. La noche avanzaba y trabajé con rapidez, pero en silencio. En primer lugar descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, los brazos y las piernas. Después levanté tres planchas del suelo de la habitación y deposité los restos en el hueco. Luego coloqué las tablas con tanta inteligencia y astucia que ningún ojo humano, ni siquiera el suyo, podría haber detectado nada extraño. No había nada que limpiar; no había manchas de ningún tipo, ni siquiera de sangre. Había sido demasiado precavido para eso. Todo estaba recogido. ¡Ja, ja!

Cuando terminé con estas tareas, eran las cuatro. Todavía oscuro como medianoche. Al sonar la campanada de la hora, golpearon la puerta de la calle. Bajé a abrir muy tranquilo, ya que no había nada que temer. Entraron tres hombres que se presentaron, muy cordialmente, como oficiales de la policía. Un vecino había oído un grito durante la noche, por lo cual había sospechas de algún atentado. Se había hecho una denuncia en la policía, y ellos, los oficiales, habían sido enviados a registrar el lugar. Sonreí, ya que no había nada que temer. Di la bienvenida a los caballeros. Dije que el alarido había sido producido por mí durante un sueño. Dije que el viejo estaba fuera, en el campo. Llevé a los visitantes por toda la casa. Les dije que registraran bien. Por fin los llevé a su habitación, les enseñé sus tesoros, seguros e intactos. En el entusiasmo de mi confianza, llevé sillas al cuarto y les dije que descansaran allí mientras yo, con la salvaje audacia que me daba mi triunfo perfecto, colocaba mi silla sobre el mismo lugar donde reposaba el cadáver de la víctima.

Los oficiales se mostraron satisfechos. Mi forma de proceder los había convencido. Yo me sentía especialmente cómodo. Se sentaron y hablaron de cosas comunes mientras yo les contestaba muy animado. Pero, de repente, empecé a sentir que me ponía pálido y deseé que se fueran. Me dolía la cabeza y me pareció oír un sonido; pero se quedaron sentados y siguieron conversando. El ruido se hizo más claro, cada vez más claro. Hablé más como para olvidarme de esa sensación; pero cada vez se hacía más claro... hasta que por fin me di cuenta de que el ruido no estaba en mis oídos.

Sin duda, me había puesto muy pálido, pero hablé con más fluidez y en voz más alta. Sin embargo, el ruido aumentaba. ¿Qué hacer? Era un sonido bajo, sordo, rápido, como el sonido de un reloj de pulsera envuelto en algodón. Traté de recuperar el aliento, pero los oficiales no lo oyeron. Hablé más rápido, con más vehemencia, pero el ruido seguía aumentando. Me puse de pie y empecé a discutir sobre cosas insignificantes en voz muy alta y con violentos gestos; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Caminé de un lado a otro con pasos fuertes, como furioso por las observaciones de aquellos hombres; pero el sonido seguía creciendo. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Me salía espuma de la rabia... maldije... juré balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del suelo, pero el ruido aumentaba su tono cada vez más. Crecía y crecía y era cada vez más fuerte. Y, sin embargo, los hombres seguían conversando tranquilamente y sonreían. ¿Era posible que no oyeran? ¡Dios Todopoderoso! ¡No, no! ¡Claro que oían! ¡Y sospechaban! ¡Lo sabían! ¡Se estaban burlando de mi horror! Esto es lo que pasaba y así lo pienso ahora. Todo era preferible a esta agonía. Cualquier cosa era más soportable que este espanto. ¡Ya no aguantaba más esas hipócritas sonrisas! Sentía que debía gritar o morir. ¡Y entonces, otra vez, se escuchaba más fuerte, más fuerte, más fuerte!

—¡No finjan más, miserables! —grité—. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esas tablas! ¡Aquí está, aquí está! ¡Es el latido de su espantoso corazón! 

viernes, 8 de agosto de 2014

Similares, pero distintas II


Hay muchas palabras que al oído suenan similares, pero se escriben de distinta manera y sus significados son totalmente diferentes (palabras homófonas). Por ejemplo:

- Deshecho (de deshacer), desecho (de desechar): "El club quedó deshecho después de la tormenta", "Tuvo que tirar todos los desechos en una caja grande".

- Hierba (planta), hierva (de hervir): "Se deben mezclar la cebolla junto con las hierbas", "Hay que dejar que el agua hierva".

- Cocer (de cocinar), coser (hilos y aguja): "Cocer las verduras hasta que estén tiernas", "Siempre hay que coser los botones de los sacos".


- Haber (verbo), a ver (del verbo ver o expresión): "Tiene que haber una solución más simple", "Vamos a ver la película que se estrenó la semana pasada", "¡A ver qué comemos hoy, tío".

Fuente: ¡Ay!, ahí hay un error